Mucho se habla de la España Profunda y casi siempre con mucha superioridad por parte de quienes esgrimen tal expresión para aludir a las gentes del interior, a aquellos que viven en los pueblos, a los que se supone que no se han adaptado a los tiempos, que son ignorantes y brutos. Es un término usado la mayoría de las veces para designar al mundo rural y lo que acontece en él. Aunque su significado puede ampliarse con matices según el contexto en que se use y quién lo haga, la mayoría de las veces que se pronuncia esta expresión suele ser con intenciones despectivas y burlonas, alegando un estatus moral e intelectual más alto por parte de aquellos que desprecian el mundo del campo desde sus acomodadas posiciones en la ciudad. La España Profunda parece ser una parte de nuestra sociedad hacia la que ser displicente e incluso paternalista, aquellas gentes a las que miramos y sonreímos con una prepotente ternura provocada por el engreimiento que nos da creernos superiores por vivir rodeados de tecnología, de acero, de cemento, de humo…

españa profundaComo en tantos otros aspectos, una vez más nos creemos en la posesión de la verdad y de la razón, y muchos de los que usan esa expresión como forma de desvalorizar el mundo rural no se han detenido a pensar que esos pastores, esas costureras, esos labradores, esos artesanos… son en su mayoría guardianes de tradiciones antiquísimas. Peor aún, quizá lo saben y no le conceden el valor y el respeto que merecen. En las tradiciones rurales, en sus supersticiones, en sus costumbres, en sus fiestas, incluso en sus pequeñas misas de ermita se conserva ese pequeño tesoro de oro viejo que son las raíces culturales de las que provenimos, las voces de los antiguos, los ecos de cuentos que corrían antes de boca en boca y ahora ni siquiera se recuerdan excepto quizá en esas casas pequeñas, oscuras y frescas que refugian a los últimos que aún valoran y conocen lo que nosotros parece que empezamos a descubrir ahora. Sin embargo, no les escuchamos, no les prestamos atención cuando se acercan con alguno de sus sabios refranes, con sus altruistas consejos, con sus recomendaciones en cuanto al tiempo que parecen predecir tan sólo elevando la vista al cielo.

El abuelo que no sabe llamar por teléfono móvil sí sabe hacerse entender por sus perros y sus ovejas, y comprende también el lenguaje de los árboles, de las flores, hasta de las rocas y del viento. La anciana que no sabe quién es Lady Gaga conoce sin embargo decenas de pequeñas rimas y canciones que esconden tradiciones cuyo origen se pierden en la memoria. Ellos sienten el aire y saben si el invierno será largo y lluvioso o corto y seco; miran las nubes y saben si lloverá por la tarde o ya de madrugada. Observan cómo camina uno de sus animales y detectan si padece una enfermedad o tiene alguna molestia. Aran y siembran, atienden a ovejas parturientas, afilan sus navajas, fabrican sus enseres… y nadie les escuchará quejarse ni protestar. Estos habitantes de la España Profunda aún viven en sintonía con la naturaleza y lo que les rodea, y son felices con su tipo de vida, con su duro trabajo en consonancia con el campo y con todo lo que ofrece sin perder una profunda humildad que caracteriza cada uno de sus gestos y palabras. No deberíamos despreciar ni hablar tan a la ligera de aquellos que representan los pilares de la esencia más pura de nuestras tradiciones y raíces, puesto que todo lo que nosotros anhelamos hoy día, el retorno a la naturaleza para aprender a comunicarnos con ella de nuevo, ellos ya lo tienen.