Cuento de Equinoccio Otoñal

Sí, nadie le había mentido, la realidad de aquella mañana coincidía con lo que sus padres y los ancianos de la tribu le habían contado. Baelisto estaba perdiendo fuerza y sus rayos cada vez menos cálidos daban un aspecto melancólico y soñoliento a los árboles que rodeaban el castro, los cuales comenzaban a transformarse ante los curiosos ojos del pequeño que degustaba una pequeña torta de harina de bellotas, de las primeras que había recogido su madre en una de sus incursiones diarias en el bosque. El niño había presenciado el rito del equinoccio la noche anterior, había escuchado las invocaciones a los dioses y después había asado castañas junto con otros niños en el rugiente fuego de la hoguera. Todos parecían tranquilos esa noche, pues ya habían finalizado los trabajos en los campos y la cosecha estaba a buen recaudo. Ahora tocaba organizar las partidas de caza pero eso al niño no le preocupaba demasiado: sabía que nada les faltaría durante la época oscura, pues el sacerdote auguraba buenos tiempos para una tribu que había atendido a las divinidades durante el giro de la Rueda.

Observando los árboles dorados y rojizos que parecían proteger la pequeña aldea, el niño se preguntó si Endovélico y Arconi ya estarían moviéndose por el bosque para proporcionarles dulces frutos silvestres y fuertes animales salvajes. Entrecerró los ojos al creer distinguir la enorme masa de un oso pardo pero se equivocaba: tan sólo era una sombra. Sonrió para sí imaginando que encontraba a los dioses en la densidad de la floresta, ahora que sus compañeros de tribu parecían atareados: algunas mujeres curtían pieles, las más molían el grano, los hombres guardaban las herramientas del campo y se disponían a preparar las armas de caza, algunos niños alimentaban a los cerdos… Entonces tuvo una idea: corrió a uno de los corrales de la aldea y tras hacerse con un cuenco tallado en madera, ordeñó con pericia a una de las cabras que allí pacían. Después y procurando no derramar ni una sola gota de leche, corrió hasta adentrarse entre los árboles, percibiendo que los familiares y rutinarios sonidos de la aldea eran sustituidos por el crujido de las hojas secas bajo sus pies y los cantos de los pájaro. Se detuvo frente a un grueso roble que destacaba entre los demás y allí, con inocente devoción, derramó la leche esperando complacer a los dioses para que nada faltara a su tribu durante los meses de oscuridad…

Y tras los arbustos, Endovélico y Arconi se miraban con complicidad y sonreían complacidos… La caza sería abundante y la recolección, fructífera. Nada faltaría a la tribu.

 

Licenciada en Historia en la Universidad de Alcalá y dedicada desde hace años a los celtas de la Península Ibérica, emprendí esta aventura en forma de blog para dar a conocer a estos desconocidos que son los pueblos celtibéricos. Huyo de los mitos, busco el rigor histórico y muestro aquí los resultados de mis estudios e investigaciones contados de forma amena para que a nadie le dé pereza leer Historia.

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